¡DOS HERMOSOS CONCIERTOS ESTA SEMANA!

Boletín de Prensa # 035

Cuenca, octubre 15 de 2018

¡DOS HERMOSOS CONCIERTOS ESTA SEMANA!

La Orquesta Sinfónica de Cuenca, bajo la batuta del maestro Michael Meissner, Director Titular presenta dos hermosos conciertos esta semana que cuentan con la participación del destacado clarinetista lojano, Primer Clarinete de la Orquesta Sinfónica de Cuenca, Paulo Morocho Guamo. Este jueves 18 a las 20:00 en el teatro Sucre en el marco de la “Semana de Alemania” de la Dirección de Relaciones Internacionales y Cooperación de la Alcaldía de Cuenca, y el viernes 19 a las 20:00 en la Catedral Vieja en homenaje al distinguido periodista y ciudadano ilustre Juventino Vélez Ontaneda.  La entrada a los dos conciertos es LIBRE hasta llenar aforo. Este es el repertorio:

Auroral, escena campestre-Salvador Bustamante Celi. Es un poema sinfónico de música imitativa y de intención costumbrista, ya que describe en cierta forma el ambiente alrededor de la batalla de Pichincha. Compuesto en 1922 por el centenario de la batalla, Auroral es una obra única en su género, pero se puede ver en el contexto de otras composiciones patrióticas como son el Himno Guerrero Ecuatoriano, compuesto por Bustamante Celi en 1910, cuando tuvo que huir de Lima a Guayaquil por el conflicto bélico entre Perú y Ecuador, así como los himnos dedicados a Valdivieso, García Moreno y Montalvo. Como sugiere el título Auroral, se escuchan el canto de las aves y de los gallos, luego el encuentro de las tropas, afortunadamente sin mayores elementos bélicos en la partitura, y, por último, cantos andinos de victoria y el final triunfal.

Concierto para clarinete y orquesta en la mayor, K.V. 622-Wolfgang A. Mozart. Es la perfección y transparencia de una creación sublime. Se estrenó el 16 de octubre de 1791, un mes y medio ante de la muerte de Mozart. Fue compuesto en Viena en 1791 para el clarinetista Anton Stadler, gran amigo y cofrade masón de Mozart. A diferencia de todos los demás conciertos de Mozart, este no prevé una cadenza para el solista en su primer movimiento, sí en el Adagio. El tercer movimiento, Rondó, es un buen ejemplo de cómo el compositor logra contrastar diversos estados anímicos, captando el carácter alegre del clarinete y explotando, una vez más, el virtuosismo del clarinetista. Pese a ser un movimiento escrito dentro de los parámetros estructurales del clasicismo, esta última parte del concierto está llena de sensibilidad, adelantándose a la intencionalidad de la música de épocas posteriores. De no ser por el Réquiem, esta obra sería, por su incuestionable perfección y transparencia, el testamento musical de Mozart.        

Sinfonía N° 4, en Si Bemol Mayor, op. 60 -Ludwig van Beethoven. Es una obra maestra absoluta. Surge de un vigor constructivo poderoso, y está toda ella trabada por motivos y células rítmicas que nos hablan de un maestro en el arte del desarrollo. Exige de la orquesta un virtuosismo implacable, y los matices de agógica y dinámica no son sólo expresivos, sino funcionales y arquitectónicos. En resumen, es un objeto sonoro preciso y contundente que recoge de los viejos buenos tiempos la claridad y la gracia y de los nuevos una gran cantidad de recursos técnicos antes desconocidos o no suficientemente explotados. La introducción lenta ya es un prodigio de misterio sin agobios, sin confesiones personales. La sabiduría modulatoria, el perfecto juego de timbres, la sensación de marcha inexorable hacia delante no tiene más parangón que en obras camerísticas muy posteriores. Especialmente bello es el Adagio central, esa “canción imperturbable de pura armonía” como dijo Berlioz. El equilibrio entre construcción y lirismo, entre “lo sabio” y “lo cordial”, entre razón y sentimiento es tal vez su cualidad más portentosa. El Menuetto, Allegro vivace es originalísimo que brilla con las misteriosas alternativas entre la madera (ascendentes) y la cuerda (descendentes), entre el vigor ternario del comienzo y los no menos vigorosos cambios rítmicos del final es algo que, bien interpretado, no se olvida jamás. El movimiento final es aún más directo, más exultante. Victorioso sin avasallar, gustosamente lírico en medio de una tormenta de semicorcheas que apenas descansan, nos permite llegar al final sin nudos en la garganta y tras un rato placentero, como pocas veces en el Beethoven sinfónico.

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