¡Esta semana la 7ma. Sinfonía de Bruckner!

Esta semana interpretamos la Séptima Sinfonía de Anton Bruckner, una obra de gran formato que ha sido posible gracias al apoyo y esfuerzo incansable del cornista alemán Bernd Sensenschmidt, quien gestionó las 4 tubas de Wagner y las trajo como novedad absoluta al Ecuador, además de actuar como instrumentista en la OSC de manera voluntaria en los conciertos del 24 y 26 de enero junto a seis colegas alemanes más: Tubas de Wagner: Bernd Sensenschmidt, Andrea Lässig, Volker Michel, Kai Hennig Von Lange; Corno: Andrew Joy; Trombón: Burkhard Schölpen; Contrabajo: Klaus Zöllner.

También expresamos nuestra gratitud a la fundación alemana Kulturverbanden Quito, que financióestos hermosos instrumentos, así como a la línea aérea KLM que las trajo gratuitamente al Ecuador. Las Tubas de Wagner serán entregadas a la Orquesta Sinfónica de Cuenca en Comodato con lo que esperamos que nos deleiten con su sonoridad noble y misteriosa en Cuenca y en las demás sedes de las orquestas sinfónicas del país, en un sinnúmero de ocasiones.

Los esperamos el viernes 24 de enero a las 20:00 en la Catedral Vieja (Sucre y Luis Cordero) y el domingo a las 11:00 en nuestro “Concierto Familiar”. La entrada es LIBRE hasta llenar aforo.

Anton Bruckner, Sinfonía Nº VII. Escrita entre 1881 y 1883. La obra fue dedicada al rey Ludwig II de Baviera. El estreno tuvo lugar en Leipzig, el 30 de diciembre de 1884, con la Orquesta de la Gewandhaus y el joven Arthur Nikisch en el podio.

Con la VII Sinfonía, Bruckner conquistó su primer gran éxito, teniendo ya 60 años. La luminosidad de sus extensos temas, su sentimiento profundo y el conmovedor homenaje a la muerte de Wagner en medio del segundo movimiento, le dieron la preferencia del público, desde su estreno hasta la fecha. Bruckner no renuncia a la forma clásica, pero sus movimientos adquieren dimensiones enormes, el primero y el segundo duran 20 minutos cada uno. Solo el primer tema del Allegro inicial consta de 20 compases y abarca 3 octavas. La densidad de su arquitectura formal contrapone momentos de clímax abrumadores a otros de gran lirismo, asociados principalmente a la belleza de las melodías. Su orquestación se caracteriza por la alternancia de las distintas familias instrumentales, muchas veces casi en bloque, alcanzando en sus últimas obras una sonoridad majestuosa. Su técnica composicional incluye a menudo la yuxtaposición simultanea de sus temas en su apariencia original e inversa, además de un complejo manejo de dinámicas y modulaciones. El segundo movimiento retoma formalmente el Adagio de la Novena Sinfonía de Beethoven, alternando dos veces episodios binarios con ternarios. El Scherzo es de un impacto inmediato e monumental, casi militar, el tierno Trio contrasta con una tierna melodía lleno de sentimiento. Naturalmente, la Coda del Finale concluye con el tema principal del primer movimiento, así cerrando un gigantesco ciclo de ideas y emociones, único en el mundo sinfónico.

Por primera vez en el catálogo de Bruckner, la VII Sinfonía lleva 4 tubas de Wagner, instrumentos entre el corno y la tuba, que Richard Wagner inventó para la especial sonoridad de su tetralogía El anillo del Nibelungo. Probablemente, Bruckner incluyó las tubas de Wagner en esta obra al enterarse de la muerte del adorado maestro, ya que los movimientos 1 y 3, concluidos antes, todavía prescinden de ellas.

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