¡VIOLINISTA SANTY ABRIL NUEVAMENTE INVITADO DE LA O.S.C.!

Boletín de Prensa # 011

Cuenca, marzo 18 de 2019¡

La Orquesta Sinfónica de Cuenca bajo la batuta del maestro Michael Meissner, Director Titular, con la participación del destacado violinista ecuatoriano Santy Abril, presenta el XI Concierto de la I Temporada 2019 este viernes 22 de marzo a las 20:00 en el teatro Pumapungo. La entrada es LIBRE hasta llenar aforo.

Appalachian Spring o El Ballet de Martha. Aaron Copland. Trata acerca del desarrollo de una fiesta de primavera de los pioneros norteamericanos en la década de 1800, después de construir una nueva granja en Pennsylvania. Entre los personajes centrales se encuentran una pareja de recién casados, un vecino, un predicador evangelista y sus seguidores.La Suite Orquestal está dividida en 8 secciones, que Copland describe de la siguiente manera: Muy lentamente. Introducción de los personajes, uno por uno, bajo una luz difusa. Rápido. Explosión repentina de frases al unísono en arpegios mayores: comienza la acción. Un sentimiento tanto eufórico como religioso da la tónica a esta escena. Moderado. Dúo para la novia y su prometido: escena de ternura y pasión. Muy rápido. El predicador evangelista y su rebaño. Sentimiento folk, danzas country y violines. Aún más rápido. Solo de danza de la novia: presentimiento de la maternidad. Los extremos de alegría, de miedo y de asombro. Muy lentamente (como al principio). Transición a escena que recuerda a la música de la introducción. Calmo y fluido. Escenas de la actividad diaria de la novia y de su marido agricultor. Moderato. Coda. La novia tiene su lugar entre sus vecinos. Al final la pareja queda “tranquila y fuerte en su nuevo hogar”. Las cuerdas con sordinas entonan un silencioso coro de gratitud. El cierre es una reminiscencia de la música de apertura.

Concierto para violín op. 64, de Felix Mendelssohn Bartholdy. Este concierto es probablemente el más tocado y uno de los favoritos del público y de los violinistas. Compuesto en 1844, es fruto de un proceso de composición de mucho tiempo, inusual para Mendelssohn. Ya en 1838 comenta a su amigo, el violinista Ferdinand David: “tengo un concierto en mi menor en la cabeza, cuyo inicio no me deja descansar”. La melancólica elegancia que está encima de todo el concierto, un encanto sin peso, caracterizan esta composición, que combina el virtuosismo violinístico con el de la composición, en un sueño romántico de lo más logrado e inimitable – ¡Un gran reto para todos los intérpretes! Sin introducción orquestal presenta el solista el encantador tema principal, la orquesta lo explota solo después de un buen rato, seguido por un segundo tema mecedor, lleno de retardos. Las maderas ofrecen el descanso lírico en forma del tercer tema, luego ampliamente explotado por el solista. Novedosa es también la integración de la Cadenza del solista en el desarrollo del movimiento. Después de un grandioso Tutti de la orquesta, se llega sin pausa, con la nota si sostenida en el fagot, al Andante, el segundo movimiento. Un canto eterno, que tiene la calma eterna de un Intermezzo, solo se ve interrumpido por momentos de inquietud centellante. Una fanfarria de los metales anuncia el brillante Finale, una tempestad de buen humor, salpicando virtuosismo y finuras composicionales inauditas, uno de los mejores Scherzos de todos los tiempos.

Sinfonía N° 7 en Re Menor op. 70. Antonín Dvořák. “Una nueva sinfonía me ocupa, y vaya a donde vaya, no pienso en nada más que en esta composición que tendrá que ser capaz de agitar al mundo y, si Dios lo quiere, lo hará”. La Séptima sinfonía destaca sobre las demás sinfonías de Dvořák por su atmósfera trágica y doliente, consecuencia seguramente de la reciente muerte de su madre, a la que se sumaban los problemas para llevar sus óperas a Viena. “Años tristes”, escribiría. El tema inicial del Allegro maestoso, a cargo de la cuerda grave, plaga de sombras el comienzo de la obra, con un tono amenazante que enseguida la orquesta al completo amplía con gran fuerza dramática. El segundo tema, mucho más lírico y sereno, alivia la tensión a la vez que evidencia la influencia brahmsiana, con ecos lejanos del solo de violonchelo del Andante de su Segundo concierto para piano y orquesta. Los continuos desarrollos llevan la música hacia un clímax fieramente tempestuoso.

Un canto de resonancias populares en el clarinete da inicio al Poco adagio, la parte más rica de la obra desde el punto de vista melódico. La sucesión de diferentes temas, en alguno de los cuales se puede adivinar la estela de Wagner, acaban desembocando en una mágica sensación de quietud y de paz infinita. El Scherzo, urgente y con su característico ritmo sincopado, parece basarse en alguna danza de origen bohemio, seguramente en un Furiant. Estamos nuevamente en el reino de las sombras, la música quiere danzar con un espíritu mefistofélico, y apenas atenúa el dramatismo la parte central del movimiento, un trío de nervio incesante. Después, el poderoso y hercúleo Finale, en forma de sonata, nos hace recordar aquellas palabras de Unamuno, “La vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha sin victoria ni esperanza de ella: es contradicción”, pues escuchamos en él una suerte de lucha premahleriana entre las fuerzas del bien y del mal, con masivas descargas sonoras que tratan de elevarse, en vano, a un cierre épico, heroico y triunfal.

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